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Enfrentar la sequƭa con una regadera: carretera hƭdrica, riesgos sistƩmicos y desafƭos de polƭtica

  • ksilva
  • 28 oct 2019
  • 9 Min. de lectura

Actualizado: 14 oct 2024

Por José Miguel Valdés-Negroni, Karla Astorga-Vega, Marco Billi, Cristian Escobar-Avaria, Rodrigo Fuster-Gómez, Katherinne Silva-Urrutia y Anahí Urquiza-Gómez



La columna profundiza en los riesgos sistĆ©micos asociados con las propuestas de construir carreteras hĆ­dricas en Chile, y que no se incluyen en el debate pĆŗblico. Las y los autores argumentan que la decisión de llevar adelante este tipo de megaproyectos no es una decisión tĆ©cnica, sino una decisión polĆ­tica sobre cómo se van a entender y gestionar las relaciones entre la sociedad y el entorno ecológico en un contexto de cambio climĆ”tico. ā€œAntecedentes internacionales desde PerĆŗ (Irrigación Olmos), EspaƱa (Tajo-Segura), Ɓfrica (Lesotho Highland Water Project), entre otros, evidencian importantes impactos -a veces irreversibles- en los ecosistemas y en la hidrografĆ­a de las cuencas cedentesā€, escriben.


En Chile, en el Ćŗltimo tiempo, se ha ido consolidando la discusión en torno a la posibilidad de construir una ā€œcarretera hĆ­dricaā€ que trasvase agua entre cuencas donantes y receptoras, aprovechando los supuestos ā€˜excesos’ hĆ­dricos de las primeras para suplir los ā€˜dĆ©ficit’ de las segundas. Ya hay por lo menos dos solicitudes ingresadas a la Dirección de Concesiones del Ministerio de Obras PĆŗblicas[1] que buscan que la construcción de carreteras hĆ­dricas se declare de ā€œinterĆ©s pĆŗblicoā€, lo que abrirĆ­a la puerta a la licitación de proyectos especĆ­ficos en la materia: la iniciativa Ā«Reguemos Chileā€ del presidente de la CPC Juan Sutil, y el proyecto ā€œVĆ­a Marinaā€ de FĆ©lix Bogliolo.


Asimismo, CORFO/U. de Chile han avanzado en una evaluación de prefactibilidad respecto de este tipo de infraestructuras. Este tipo de iniciativas fueron mencionadas también en propuestas de la Fundación Chile y por la Encuesta Nacional del Agua. Por todo esto, la carretera hídrica es y serÔ un tema contingente y recurrente en discusiones de política pública asociadas a la gestión y gobernanza de los recursos hídricos.


Bajo la premisa de que el agua dulce que llega al mar se pierde, los principales argumentos en apoyo de la carretera hƭdrica enfatizan su potencial para: i) ayudar a posicionar al paƭs como potencia agroalimentaria al adicionar nueva superficie agrƭcola regable; ii) hacer frente a escenarios de escasez hƭdrica en un contexto de cambio climƔtico; o iii) incrementar la seguridad hƭdrica de las regiones semiƔridas del paƭs expuestas a grandes fluctuaciones de disponibilidad de agua, entre otras.


Por otra parte, agrupaciones medioambientales, comunidades locales y centros académico (como el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia, del Centro de Ciencias Ambientales EULA-Chile, del Instituto de Ecología y Biodiversidad, y de la Fundación Terram, entre otros) han advertido sobre los costos ambientales que genera la construcción de este tipo de proyectos[2]. Se citan, por ejemplo, la disrupción del transporte de nutrientes y materia orgÔnica hacia ecosistemas costeros afectando su productividad; transporte de elementos tóxicos que pueden afectar los procesos ecológicos de las cuencas receptoras; disminución de capacidad de dilución de cuencas donantes (Masotti et al., 2018; Vargas et al., 2020). Otros atacan mÔs profundamente la lógica de un modelo de gestión del agua basado en la oferta -es decir, centrado en incrementar la disponibilidad de agua frente a aumentos en la demanda en lugar que adaptar dicha demanda al agua efectivamente disponible -modelo que tiende a producir potenciales escenarios de escasez hídrica cuando la nueva oferta hídrica no satisface a las nuevas demandas- (Budds, 2020; Oppliger et al., 2019).


Un aspecto a menudo ignorado por los diagnósticos habituales refiere a los posibles riesgos sistémicos asociados a este tipo de proyectos, es decir, su potencial para producir una serie de efectos en cadena que pondrían en amenaza e incluso en colapso a diversos sistemas que se encuentran acoplados dentro de una cuenca (económicos, sociales, políticos, ambientales, culturales), constituyendo, por tanto, un desafío relevante en términos de políticas públicas.


Los riesgos sistémicos surgen cuando los efectos de una amenaza condicionan la estructura y procesos de un sistema entero (Renn et al., 2011; Rosa et al., 2014; Schweizer, 2019; Van Asselt & Renn, 2011). Estos riesgos se caracterizan por ser: i) complejos (presentan interacciones múltiples y difíciles de identificar entre causas y efectos); ii) inciertos (no pueden determinarse con precisión las probabilidades de ocurrencia de estos riesgos); y iii) controversiales (coexisten múltiples interpretaciones para la misma evidencia o información científica, y múltiples perspectivas respecto a lo que se considera riesgo tolerable o no tolerable).


Estas características recurrentes interactúan entre sí, transformando la evaluación de estos riesgos en un problema complejo (wicked problem). La subestimación de esta condición puede conducir a confrontaciones sociales y políticas por diferencias en cómo se ponderan las amenazas o los potenciales efectos indeseados derivados de dichos riesgos.


A nivel internacional, ya se ha visto cómo los trasvases han generado diversos efectos inesperados sobre los sistemas en su conjunto: i) generando círculos viciosos de sobre explotación de los recursos hídricos (Chu et al., 2019), ii) modificando las condiciones de los ecosistemas de agua dulce en cuencas receptoras haciéndolas susceptibles al establecimiento de especies exóticas invasoras (Gallardo & Aldridge, 2018), iii) afectando la provisión de agua hacia los ecosistemas naturales (Quan et al., 2016), iv) generando cambios relevantes en los regímenes de extracción de aguas subterrÔneas (Yao et al., 2019), v) generando efectos erosivos sobre los suelos y afectando los modos de vida rurales (Annys et al., 2019), vi) aumentando los riesgos de eutrofización producto de aumentos en las cargas de nutrientes en las aguas (Zeng et al., 2015) y vii) creando cambios relevantes en las economías regionales, poblaciones y sus necesidades (Dickson & Dzombak, 2019). Sumado a lo anterior, se ha documentado que el desarrollo de estos trasvases se ha asociado a altos costos energéticos y económicos para mantenerlos (Kleiman, 2016; Rodríguez-Alarcón & Lozano, 2019). Antecedentes internacionales desde Peru (Irrigación Olmos), España (Tajo-Segura), Africa (Lesotho Highland Water Project) y Australia (Snowy-Murphy), entre otros, han evidenciado importantes impactos -a veces irreversibles- en los ecosistemas y en la hidrografía de las cuencas cedentes.


Las distintas caracterĆ­sticas propias de los sistemas hĆ­dricos chilenos (i.e. cuencas ā€˜dadoras’ y ā€˜receptoras’) nos hacen pensar que estamos frente a un potencial surgimiento de riesgos sistĆ©micos como consecuencia de la construcción de una carretera hĆ­drica.


En primer lugar, los altos niveles de complejidad asociados con las dinÔmicas de los sistemas socio-ecológicos del país dificulta conceptualizar y dimensionar los impactos de la construcción y funcionamiento de una carretera hídrica sobre dichos sistemas. En efecto, las complejas interrelaciones existentes entre los diferentes componentes de dichos sistemas (ej. cuerpos de agua superficiales y subterrÔneos, subsistemas agrícolas, forestales, etc.) no permiten visualizar de fÔcil manera la cadena causa-efecto si es que uno de estos componentes es afectado por estos megaproyectos.


En segundo lugar, en términos de incertidumbre, la existencia de información limitada respecto al comportamiento actual y futuro de los sistemas hídricos del país puede llevar a tomar decisiones que gatillen efectos inesperados tanto en las cuencas dadoras, como en las receptoras, e incluso las intermedias. A pesar de que Chile posee una extensa red hidrometeorológica, esta no cuenta con registros espacio-temporales robustos en todos los ríos y cuencas con potencial para extraer agua. De la misma manera, esos mismos ríos no poseen registros extensos de calidad de las aguas -en tiempo y espacio- que permitan describir de manera precisa la dinÔmica de los ecosistemas presentes en ellos y su influencia, por ejemplo, en los ecosistemas costeros.


Todo esto se da en un contexto de controversialidad, en primer lugar, con respecto de la efectiva disponibilidad de agua. Si bien varios estudios afirman que tanto los recursos hƭdricos como los derechos de agua existentes son suficientes para trasvasar agua, otros afirman que esto no es el caso y que, en efecto, bajo los escenarios de cambio climƔtico mƔs probable, muchas cuencas no serƭan capaces de suplir siquiera los derechos de agua existentes (Barrƭa et al., 2020).


Por otro lado, desde el punto de vista de la demanda, existen aĆŗn dificultades para identificar de forma precisa todas las extracciones efectivas de aguas -siendo comunes las extracciones ilegales o los llamados ā€˜robos de agua’. A pesar de que en Chile no existen estudios que permitan cuantificar estas extracciones ilegales, a nivel mundial se estima que entre el 30% al 50% del suministro de agua es tomado ilegalmente o de forma irregular (Loch et al., 2020).


Asimismo, se registran diferencias de mƔs de un 80% entre los registros oficiales de derechos de aprovechamiento de aguas y los registros de algunas organizaciones de usuarios de aguas (Moya et al., 2019). En este escenario, una carretera hƭdrica multiplicarƔ las incertezas y exacerbarƔ los conflictos.


Gran parte de los factores antes expuestos no estÔn actualmente considerados en el debate, ni mÔs en general, por el actual régimen de gobernanza socioambiental. En efecto, los debates que se han dado alrededor de los proyectos de carretera hídrica son evidencia de un enfoque reduccionista respecto de la evaluación de impacto ambiental, centrado primariamente en aspectos técnicos y económicos, y que carecen de una mirada integral y sistémica que le permita abarcar las dinÔmicas propias del entorno ecológico y sus interacciones con la sociedad. Frente a esto, argumentamos que es necesario avanzar hacia nuevas formas de gobernanza socioambiental que posibiliten la evaluación de proyectos que logren describir, analizar y gestionar las cuencas hídricas como sistemas socioecológicos, con interacciones múltiples entre sistemas acoplados (ej. económicos, políticos, sociales, ambientales, culturales), de manera que permita ponderar de forma rigurosa y comprensiva los potenciales efectos indeseados que se pueden gatillar producto de un trasvase. El régimen de gobernanza de agua y socio ambiental actual ya es extremadamente frÔgil y ha mostrado problemas para dar soluciones a cuestiones como la contaminación, escasez de agua y el cambio climÔtico, por lo que proyectos como la carretera hídrica pueden profundizar la fragilidad de los equilibrios entre estos sistemas.


En este escenario, se requiere avanzar hacia una gobernanza adaptativa (Gunderson y Holling 2002) que, sin desconocer la necesidad de encontrar soluciones para la sequía y de promover el bienestar humano y el desarrollo local, prevenga la adopción de iniciativas cortoplacistas que favorezcan intereses inmediatos generando riesgos y consecuencias severas e irreversibles en el futuro.


PolĆ­ticas pĆŗblicas genuinamente adaptativas requieren: i) hacerse cargo de la complejidad de los procesos socioecológicos que se busca gobernar, y las interdependencias que conectan estos procesos en mĆŗltiples escalas -una cuenca con la otra, cada cuenca con sus sub-cuencas, y mĆŗltiples cuencas como parte de un ā€˜sistema’ integrado de agua, que no puede moldearse a gusto sin tener impactos en cascada sobre sus componentes- (Gunderson et al. 2017); ii) reconocer la existencia y el rol fundamental jugado por actores e instituciones locales, y por arreglos informales de organización y gestión del agua, asĆ­ como por procesos de experimentación y aprendizaje social (Ostrom 2014; Poteete et al. 2010); iii) dar cabida para los mĆŗltiples puntos de vista, intereses, formas de conocimiento y perspectivas culturales que coexisten en la sociedad chilena -incluidas las de los pueblos originarios- que es necesario articular alrededor de metas compartidas para poder gestionar de manera efectiva y coordinada los problemas socioambientales (Urquiza et al. 2019).


Frente a la difusa y peligrosa tendencia a descripciones simplistas y descuidadas de estos fenómenos –del tenor de ā€œel agua que llega al mar se pierdeā€-, pretendemos con esta columna elevar los tĆ©rminos del debate, aportando una nueva perspectiva, mĆ”s integral y sistĆ©mica, para comprender lo que estĆ” en juego. SegĆŗn sugerimos, lo que estĆ” en juego no es una decisión meramente tĆ©cnica sobre la utilidad de una tecnologĆ­a para solucionar un problema; se trata de una decisión de fondo respecto de cómo vamos a entender las relaciones entre sociedad y entorno ecológico. Tal como se ha discutido, la carretera hĆ­drica supone riesgos no solo significativos, sino tambiĆ©n altamente complejos, inciertos y controversiales, aĆŗn mĆ”s considerando el contexto del cambio climĆ”tico y de las otras transformaciones socioecológicas que estamos experimentado -pĆ©rdida de hĆ”bitat y de biodiversidad, acidificación del agua, acumulación de contaminantes de larga duración en la atmósfera etc. Para enfrentar riesgos sistĆ©micos no podemos adoptar las soluciones de antaƱo, pues son tan precarias como intentar enfrentar una sequĆ­a con una regadera. Al contrario, proponemos un giro hacia una gobernanza sistĆ©mica, una gobernanza para un futuro mĆ”s sustentable.


Los autores de esta columna desean disculparse por el posible malentendido al que puede haber llevado la siguiente afirmación contenida en la versión original de la columna (sucesivamente rectificada): «bajo la premisa de que el agua dulce que llega al mar se pierde (Vargas et al. 2020)».

Por un problema de redacción, dicha frase podría dar la idea de que Vargas et al. apoyan el argumento de que «el agua que llega al mar se pierde», sin embargo esta interpretación estÔ profundamente equivocada.

En su artículo, publicado en la prestigiosa revista Nature Sustainability, Vargas et al mencionan el argumento, que corresponde a uno de los usualmente utilizados en defensa de proyectos de carretera hídrica, pero precisamente para refutarlo. Aquí la cita literal: «One argument to justify such proposals in different regions of the planet is that freshwater is wasted when it reaches the sea».

Cabe notar que este tipo de argumentos – en lo que estamos plenamente de acuerdo con Vargas et al. en condenar, como se transparenta en el resto de nuestra columna- tambiĆ©n fueron ampliamente utilizados en el caso chileno. En la segunda cuenta pĆŗblica de gestión (junio 2019), el presidente SebastiĆ”n PiƱera seƱaló que ā€œHoy dĆ­a el 83% del agua que corre por nuestros rĆ­os se pierde en el mar, son mĆ”s de 8 mil millones de metros cĆŗbicos al aƱo y si podemos utilizar mejor esa agua vamos a poder aumentar de 1,2 a 2,4, es decir, duplicar la cantidad de millones de hectĆ”reas que podemos dedicar a la agricultura en nuestro paĆ­s.Ā» Prensa oficial de la presidencia. Noticia disponible en: https://prensa.presidencia.cl/comunicado.aspx?id=96555.

Nuevamente, ofrecemos públicamente nuestras mÔs sinceras disculpas con los autores del artículo científico y con los/as lectores, y esperamos haber aclarado el origen del malentendido.



Este artículo es parte del proyecto CIPER/Académico, una iniciativa de CIPER que busca ser un puente entre la academia y el debate público, cumpliendo con uno de los objetivos fundacionales que inspiran a nuestro medio.


CIPER/Académico es un espacio abierto a toda aquella investigación académica nacional e internacional que busca enriquecer la discusión sobre la realidad social y económica.


Hasta el momento, CIPER Académico recibe aportes de seis centros de estudios: el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), el Centro de Estudios Interculturales e Indígenas (CIIR), el Centro de Investigación en Comunicación, Literatura y Observación Social (CICLOS) de la Universidad Diego Portales, el Núcleo Milenio Autoridad y Asimetrías de Poder (NUMAAP), el Observatorio del Gasto Fiscal y el Instituto Milenio para la Investigación en Depresión y Personalidad (MIDAP). Estos aportes no condicionan la libertad editorial de CIPER.



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